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CLIMB AND FLY EN EL FIN DEL MUNDO

#ATHLETESTORY

La Patagonia, con su viento terrible y legendario, sin duda no es el mejor lugar para hacer parapente. De hecho, nadie ha volado nunca en la Patagonia. Así es como el 31 de diciembre Aaron Durogati, piloto de parapente y todo un explorador, con su pasión por el «climb and fly» decidió dejarse caer por ahí, acompañado por Daniel Ladurner. La idea, en un principio, era olfatear el ambiente. Ver qué era factible, esperando tener una ventana de buen tiempo suficiente como para subir al Cerro Torre y bajar volando desde allí.

Durante el mes transcurrido en la Patagonia, Aaron consiguió subir a la Aguja Poincenot, a 3.002 metros, por la ruta Whillans, pero, debido al fuerte viento, no pudo volar. De hecho, durante el descenso, el viento provocó que las cuerdas se enredaran, obligándoles a cortarlas. Afortunadamente había una segunda cordada en esa zona, lo que hizo posible la vuelta. El segundo paso fue subir a la Aguja Saint Exupery, a 2.558 metros, por la ruta italiana. En la cima, alcanzada a las 21:30, las condiciones no eran las más propicias para despegar, pero, después de 50 metros de descenso la situación mejoró. Despegar y volar en un lugar así después de pasar 15 horas en pared no es ninguna broma, todo lo contrario, no se permite ningún error. Pero un vuelo así, intenso y precioso, en condiciones prohibitivas y ante la presencia del Fitz Roy, es uno de esos recuerdos imposibles de olvidar. Sobre todo, cuando aterrizas limpiamente a dos pasos del vivac y lo único que tienes que hacer es esperar a que vuelvan tus compañeros de cordada, a las tres de la mañana.

Durante la tercera ventana de buen tiempo, Aaron volvió a subir el paso de la Aguja Guillaumet, donde intentó despegar desde el glaciar, pero sin éxito debido a la dirección del viento. Para volar tuvo que cambiar de vertiente, despegando de un pedregal muy escarpado con la ayuda de un alpinista con el que se encontró por casualidad. Al día siguiente, subió los 2.170 metros del Mojón Rojo en solitario, a paso ligero y rápido, llevando lo mínimo indispensable. De nuevo, despegar desde su cumbre fue imposible, pero un poco más abajo se podía despegar, volando con vistas a todo el grupo del Cerro Torre.

¿El vuelo más especial? «Quizás el que hice para volver a la Aguja de l'S, después de haber subido por la ruta Fischer» cuenta Aaron. «Primero volé en tándem con Tommy para atravesar el glaciar y volver al vivac. A la mañana siguiente, en cambio, conseguí despegar con Tommy y 25 kilos de mochilas, volando hasta la parte baja del valle, ahorrándonos así el duro descenso. Ese aterrizaje fue diferente: para no tener que aterrizar con todo el peso, una vez que llegamos a aproximadamente diez metros de tierra dejamos caer las mochilas».

La expedición concluyó el 29 de enero después de salirnos un poco del programa: un par de días de fantástica escalada en las grietas del Cerro Colorado, en Chile, junto a Diego, un escalador empedernido conocido en la zona. Aaron volvió a casa sin el Cerro Torre (las condiciones nunca fueron propicias para subir), pero con muchas otras experiencias de las que te marcan y se quedan dentro. Vividas en el campo base del Chaltén, donde conoces a gente nueva, se hacen amistades y se forman nuevas cordadas: como con Diego Toigo, Mirko Grasso, Tommaso Lamantia, Dimitri Anghileri y otros italianos que se cruzaron con él en el fin del mundo.

«Volar en la Patagonia es una de las cosas más difíciles que he hecho nunca», concluye Aaron, «y entiendo por qué prácticamente nadie lo ha intentado nunca. Combinar la escalada y el vuelo es fantástico, pero a la vez muy trabajoso. Este año no ha habido condiciones para el Cerro Torre; una pena, pero no pasa nada. Las montañas no se escapan».

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