Es como si desde mediados de septiembre en adelante, alguien girara una perilla ajustando un par de tonalidades cada vez para cambiar los colores del paisaje. Las hayas de más abajo son las primeras en cambiar de color. Pasan del verde al amarillo, y del amarillo al rojo. Y cuando el viento se lleva las hojas formando un mantón sobre el suelo, atrás solo queda el gris de las ramas; un paisaje adornado aquí y allá con pinceladas del amarillo limón del follaje de los abedules, altos y blanquecinos, y los alerces allá en las alturas. Solo por verlos merece la pena visitar los Dolomitas. Para rozar con la punta de los dedos estas frondosas ramas que se transforman en llamas, relucientes entre el verde más oscuro de los abetos. Además, el aire otoñal es diferente. Es más frío, las paredes rocosas no se calientan tanto; hay muchas menos térmicas ascendentes, y los vientos que acarician las lustrosas praderas y cumbres recién nevadas no son tan fuertes, sino más relajantes. Hay un sentimiento generalizado de espera, como si la naturaleza estuviera conteniendo el aliento, en preparación para el invierno. No hay ni un alma. El otoño en los Dolomitas es para las personas taciturnas, aquellas que consagran su alma al silencio del mundo que les rodea, atravesando el sotobosque.
En medio del silencio que envuelve el Grupo Pala, solo se oye el clic clac de los bastones de esquí, un ritmo rápido, ligero y agudo, acompañado por otro más sosegado, de los pies deslizándose por el fino sedimento de la ladera. Es temprano, muy temprano y la respiración que altera el tranquilo aire de los Dolomitas es la de Aaron Durogati. Aaron nació en 1986 y ya ha ganado la Copa del Mundo de parapente. Es un atleta profesional, uno de esos que parece tener la necesidad física de implicarse al máximo en una carrera y competir de alguna manera por la excelencia. Con los primeros rayos de sol, Aaron sube completamente solo hacia Rifugio Pedrotti. Estos días no hay carreras. Las térmicas no soplan con fuerza suficiente para hacer vuelos de distancia. Aaron lleva una mochila a la espalda cargada con doce kilos. No es poco, pero está muy lejos de poder agotarle. Alcanza la meseta de Rosetta, no muy lejos del refugio de la montaña, antes de la salida del sol. Bajo la luz incierta y tenue de la mañana, abre la mochila y empieza a desplegar su vela. Es muy, muy pequeña: de nueve metros cuadrados. Demasiado pequeña para ser un parapente «de verdad». De hecho, no lo es. Es una vela de speedflying, algo que en el parapente equivale al esquí extremo en términos de esquí de travesía. Aaron prepara su mochila, se coloca el arnés, comprueba los suspentes y se pone el casco. Conecta el arnés a la vela y mira hacia el horizonte, siguiendo la línea que imaginó durante el ascenso, y que le guiará en el descenso hasta el valle: todo está en calma. Ni un soplo de aire, ni rastro de una térmica. Perfecto. Parece absurdo, pero así es como debe ser: para el speedflying, lo ideal es que no haga nada de viento. Para volar a ras de suelo, rápido y muy cerca, se necesita una increíble precisión. Aaron empieza a correr en dirección a una estrecha canaleta. Unos pasos y sus pies, cada vez más ligeros, se despegan del suelo. El aire que antes le acariciaba el rostro, ahora lo azota. El vuelo libre no tiene nada que ver con aviones, helicópteros y otros artilugios que al final no son más que medios de transporte, cajas que te llevan de un sitio a otro. Esta forma de volar es estética y original; es como imaginar música, escribirla y tocarla. No se oye ni un sonido en todo el Grupo Pala, tan solo el silbido de la vela de Aaron cruzando el aire. Las imágenes instantáneas y palpitantes de rocas, sedimentos y árboles pasando velozmente bajos sus pies van acompañadas del breve ritmo articulado por los latidos de su corazón y su respiración. Un dramático giro y un grito de alegría antes de aterrizar en el prado, al pie de las increíbles montañas.
A estas alturas, el sol ya se ha elevado en el cielo y acaricia los cálidos colores de los árboles, y como cabía esperar ha empezado a calentar las inmensas paredes rocosas de las dolomías. Perfecto: empieza a soplar una ligera brisa entre las ramas de los alerces de más abajo, haciendo que bailen como llamas. Aaron dobla la pequeña vela, abre su mochila y prepara la de mayor tamaño. Esta aventura habría sido imposible hace solo unos años. No existían equipos tan ligeros y de tal rendimiento. En cambio, hoy se puede andar tranquilamente no con una, sino con dos velas. Es ahora cuando cobra sentido que los equipos evolucionen para ser más ligeros, mantener la temperatura adecuada, para volar con los zapatos que llevas puestos desde hace horas, sin sentir frío ni calor, sin comprometer la seguridad ni la comodidad, llegando más lejos. Aaron ha terminado de preparar su equipo. Es el mismo que le permitió afrontar con éxito la última Red Bull X-Alps, la carrera más dura por tierra y aire, desde Salzburgo hasta Mónaco, con solo sus piernas y el viento por aliados. Coloca su vela de speedflying y hace sus comprobaciones previas al vuelo mientras que la térmica empieza a coger fuerza a medida que se calienta la roca. Dos pasos elegantes y precisos, medio giro y vuelta a volar. El parapente no es solo un deporte: es estrategia. Ningún vuelo puede darse por sentado. Hay que imaginarse los movimientos del viento, esa fluidez que no se ve, y que tan solo puede sentirse por el efecto que tiene sobre el paisaje circundante. Se necesita suerte además de experiencia; puede que te coloques en el lugar adecuado, pero la térmica ascendente que podría llevarte alto y lejos ha pasado y se ha ido sin ti. Se necesita experiencia, imaginación, creatividad y suerte para hacer un buen vuelo. Es necesario estar siempre presente; es un desafío constante para los magos del viento que juegan infinitas partidas de ajedrez con el aire. En otoño es diferente: todo está más tranquilo, más estable. Por supuesto, no tienes las corrientes ascendentes de aire que te permiten viajar cientos de kilómetros al día, pero las que hay son más suaves y menos intensas. Volar en otoño es como jugar una partida de ajedrez con un viejo amigo en el bar de la esquina. Eso no significa que sea fácil, pero es más meditativo, más relajante. Estos pensamientos acompañan a Aaron durante el día, mientras vuela hacia el norte. A su derecha queda el agradable Valle de Fassa y luego el maravilloso Catinaccio. Aterriza en Cima Bocche, cerca de Moena, recoge el equipo y camina rápidamente hacia la cima, vuelve a levantar vuelo y aterriza junto al Paso Pordoi. Nadie podría haberse imaginado que dos disciplinas tan similares y al mismo tiempo tan diferentes, como parapente y speedflying, combinarían tan bien. Después de todo, un invento no es más que una combinación original de varias ideas existentes. La genialidad es imaginarse nuevas combinaciones de cosas que ya existen, dando paso a experiencias completamente inéditas. Y así es como en cuatro días, Aaron Durogati atraviesa velozmente el aire tranquilo y otoñal entre Piz Boè y Schusterplatte, planeando desde Tofana di Rozes y Monte Piana hasta sobrevolar el ondulante lago Misurina, del mismo color del cielo. Planea desde Passo Falzarego y aterriza en Cortina para emprender de nuevo el vuelo en Falzarego hasta llegar a Alleghe.
¿Qué es una aventura? Una experiencia especial, íntima y placentera. Lograr algo innovador, y observar el mundo desde una nueva perspectiva. No es una carrera, ni una competición, pero el placer no disminuye en absoluto, al contrario.
Estamos acostumbrados a pensar que cada cumbre ha sido conquistada, y cada desafío superado, que ya no es posible vivir una aventura en las montañas. Pero eso no es cierto; ese espacio existe, y la clave para alcanzarlo está en lo híbrido: en inventar, mezclar cosas que ya existen, concebir nuevas formas de experimentar lugares conocidos. Al fin y al cabo, la aventura es como el otoño; transforma un escenario banal en algo extraordinario, cambiando solo la forma en que se ve, sus colores y su luz. Estos pensamientos cruzan la mente de Aaron cuando finalmente guarda todo el equipo y emprende el camino de vuelta a casa.