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IRONFLY 2018 RECAP
Setecientos cuarenta y siete.
Coma seis.

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Cuando pisa la pista de aterrizaje del Club Scurbatt, un prado recién cortado a juzgar por sus vivos colores y el aroma que desprende, da la impresión de que Chrigel Maurer ni se cansa ni hace ruido. Probablemente lo poco que hace queda ahogado por los educados aplausos que apenas rompen la tranquilidad agreste de un panorama casi de campo de golf, bañado por el sol y con un calor más propio del verano. El contraste es casi surreal si miramos las afiladas montañas y las duras condiciones a las que Maurer y sus competidores han tenido que enfrentarse durante la Salewa IronFly. Maurer, The Eagle, el águila, ha confirmado todos los pronósticos que le daban la victoria, como viene haciendo prácticamente en todas las competiciones de hike and fly desde hace una década. Ha establecido el tiempo de referencia también de esta primera edición.

Cuatro días, cuatro horas y cincuenta minutos antes, los veintitrés participantes de la Salewa IronFly, la segunda competición más larga de hike and fly del mundo, se alejaban a la carrera de la ribera del lago Lecco para subir al Monte Cornizzolo. Las prisas por superar miles de metros de desnivel, pertrechados con mochilas de más de siete kilos y bajo un sol de justicia, no eran solo fruto de la competitividad. Los contrincantes no eran los que corrían a su lado. Esos eran compañeros de aventura. El adversario principal llegó cuando los pronósticos meteorológicos de los últimos días se hicieron realidad. Hacía lo que las abuelas de todos ellos, cada una en su idioma (italiano, alemán, francés, polaco y valón, sin olvidar el dialecto de los cantones suizos y del Tirol), habrían llamado, en pocas palabras, «un tiempo de perros». Así que tocaba salir pitando con los bastones bien agarrados. El primero está en la cumbre en una hora y media.

En el Monte Cornizzolo. Una vista privilegiada de los lugares donde dicen, con tal convencimiento que es difícil no creerlo, que Leonardo Da Vinci imaginó hombres capaces de volar. Desde donde se lanzaron los pioneros europeos del ala delta hace casi cincuenta años. La primera etapa de un recorrido de 458 kilómetros en línea recta hacia Macugnana: Monte Rosa, Bormio, Pizzo della Presolana y, finalmente, Suello, de nuevo en casa. Ningún aterrizaje es obligatorio, solo los necesarios para ganar altura a pie o para descansar entre las ocho de la tarde y las siete de la mañana. Pero, ¿cómo cuentas los kilómetros si para volar dependes de las corrientes, el viento, las térmicas y el aire, un fluido que, como el agua, puede convertirse en una tempestad? ¿Cuántos kilómetros son cuando debes caminar desafiando los cambios de nivel para ganar altura y llegar a tiempo a la siguiente ventana de vuelo o cuando tienes que seguir el lecho del valle bajo la lluvia durante días enteros? Son exactamente 747 coma 6 kilómetros. Siempre que seas Chrigel Maurer, claro, el mejor de la carrera y del mundo.

En la primera jornada, unos cuantos ya han superado el Lago Maggiore. Aterrizan entre Verbania y Pedimulera, en la entrada del Valle Anzasca, como un puñado de grava lanzado sobre Google Maps. En la segunda jornada, Maurer ya se aleja a la cabeza, haciendo magia con el tiempo, volando como un águila y corriendo como un lobo cuando no puede volar; no se detiene nunca. Los otros quedan bajo el embrujo de Macugnana, sin encontrar una manera de salir del laberinto del mal tiempo y la lluvia. Solo Von Kanel y Anders lo siguen de cerca. En la tercera jornada, Maurer camina y por la tarde planea sobre Valtellina, mientras que en Val d’Ossola y Val Vigezzo se preparan para seguirlo, protestan las rodillas y se produce el primer abandono. En la cuarta jornada, Maurer, en cabeza, vuela hacia Bormio mientras que Anders lo acecha superando a Von Kanel. Los perseguidores cercanos solo compiten entre sí. Los austriacos vuelan con el viento. El francés Garin camina todo el rato, cual peregrino. Giovanni Gallizia espera el momento propicio en la cima del Passo San Jorio. Se produce otro abandono.

En la quinta jornada, Maurer parece capaz de controlar los elementos atmosféricos. Deja atrás a la lluvia y a sus perseguidores, transformando los kilómetros de ventaja en horas. Él es el ganador, pero antes de medianoche el resto del podio quedará también completo: Von Kanel y, tras él, Anders. Tercer y último abandono. En la sexta jornada nadie atraviesa la meta, pero todos luchan por mejorar posiciones, aunque solo unos pocos aspiran a llegar antes de la fecha límite del sábado a las cuatro de la tarde. En la séptima jornada, con menos de dos horas de diferencia, planean sobre Suello los dos austríacos -Oberrauner y Friedrich- que hace solo dos días cumplió los diecisiete años. Gallizia tira de estrategia y saca ventaja a Gieralch y Garin, mientras que Frigerio y Alberti logran realizar el vuelo más largo de la semana: 134 kilómetros. En la última jornada solo llegan a tiempo Gallizia y Gieralch. En la parte baja de la clasificación, Carlo Maria Maggia recuerda a su equipo de apoyo que «no hay prisa» pero el cansancio hace mella y ni siquiera su iPhoneX logra reconocerle la cara.

Cuando llega a la pista de aterrizaje del Club Scurbatt, los 223 (coma 4) kilómetros a pie, la lluvia, el frío, el viento, la noche del tiempo extra, los 8.550 metros de desnivel en la salida, los 524 (coma dos) kilómetros de vuelo, los aterrizajes forzosos, la espera entre las nubes, el granizo en el aire... En resumen, toda la épica de esta aventura parece un espejismo. Pero se corre la voz con rapidez: «En el camino me he encontrado con tal cantidad de aficionados que se han acercado para saludarme», explica Chrigel, «que me parecía estar en la Red Bull X-Alps. Se ve que muchos han seguido el recorrido en directo y que, después de solo una edición, la Salewa IronFly ya es una carrera famosa».

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