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ESTO FUE EL PROYECTO OVERLAND

#OVERLAND #ATHLETESTORY

Cuatro zonas climáticas, siete franjas horarias, dos continentes, 14 países, 247 horas de vuelo, 180 días de pura aventura, múltiples cumbres y valles infinitos: todo esto fue el proyecto Overland.

Nuestra Piper Supercub, una mujercita de 60 años —un clásico verdaderamente extraordinario en el mundo de las avionetas— nos llevó desde Alaska hasta Tierra del Fuego. En cuanto se despega, lo mejor es quedarse a poca altura, sin subir demasiado, para poder disfrutar de las vistas. Gracias a que no se coge mucha velocidad, más o menos la misma que puede alcanzar un coche, se puede distinguir y admirar el paisaje desde arriba. Es una experiencia única que para entenderla hay que vivirla.

La ruta era larga, algo de lo que solo te das cuenta cuando la mides en el globo terráqueo y ves que va desde la punta más alta del planeta hasta la más baja. Y es entonces cuando ves que durante todo el trayecto hay montañas, y que no son montículos sueltos, sino cadenas montañosas que se extienden a través de ambos continentes y pueden ir indicándonos el camino. Cuando mi mujer Magdalena y yo salimos en julio de Alaska, no teníamos muy claro si sería posible llegar hasta Tierra del Fuego, pero creíamos tantísimo en el proyecto que alzamos el vuelo a pesar de todo. Los mayores obstáculos con los que nos topamos fueron el tiempo por aire y los trámites burocráticos por tierra. El viento, las nubes, la lluvia, las leyes y el papeleo se convirtieron en esos compañeros de viaje desagradables. La temporada de lluvias en Centroamérica duró más de lo esperado y las regulaciones de muchos países latinoamericanos resultan muy extrañas para los europeos. Una serie de eventos que en más de una ocasión pusieron a prueba nuestros nervios y nuestra paciencia.

Pero lo más impresionante fue verlo todo, poder contemplar el mundo de arriba abajo, siendo de verdad conscientes de ello, con la perspectiva de un pájaro y a una velocidad con la que se podía ver a las personas en tierra seguir con su día a día. Poder volar desde Alaska hasta Argentina, pasando por Canadá, EE. UU., México, Centroamérica, Colombia, Ecuador, Perú y Chile, y ver todos los paisajes, las montañas y las formas que adquiere la tierra fue una verdadera maravilla. Cuando uno vive una experiencia como esta, se vuelve algo más humilde y tiene la sensación de haberse convertido en alguien un poquito más sabio.

Hemos aprendido a esforzarnos para pedir ayuda. Hemos dado todo lo que teníamos y hemos recibido tanto. Cuando ya no podíamos más, nos hemos encontrado con gente que nos ha ayudado, nos ha acogido y nos ha regalado su tiempo, su sabiduría y su amabilidad. Cuando llegamos a Ushuaia en diciembre, una cantidad increíble de desconocidos se habían convertido en nuestros amigos, sin los cuales no habríamos podido llegar a donde llegamos. Habíamos crecido, habíamos llorado y nos habíamos reído todavía más; habíamos subido a cumbres, algunas no más que meros peñascos y otras pura naturaleza personificada.
Pensar ahora en todo lo que hemos vivido resulta casi desbordante; pasará un tiempo hasta que podamos procesarlo todo.

He conseguido llevar a cabo la aventura más grande de mi vida y ahora creo que todo es posible, siempre que se crea con firmeza en ello y se tenga el valor de dar el primer paso. Las verdaderas aventuras empiezan así, cuando uno no sabe con certeza lo que va a pasar.

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